CHAPTER 1
Organización interna del Antiguo Testamento
Bibliografía general
Briend, Jacques. Israel y Judá en los textos del Próximo Oriente Antiguo, Documentos en torno a la Biblia no. 4 Estella, España: Verbo Divino, 1982. [IT]
Charpertier, Etienne. Para leer el Antiguo Testamento. Estella, España: Verbo Divino, 1983. [PLAT]
Castel, Francois. Historia de Israel y de Judá, Estella, España: Verbo Divino, 1992. [HIJ]
Cazelles, Henri, ed. Introducción Crítica al Antiguo Testamento. Barcelona: Editorial Herder. 1981. [ICAT]
Drane, J. El Antiguo Testamento. La Fe. Estella, España: Verbo Divino, 1980. [ATFE]
Drane, J. El Antiguo Testamento. Los relatos. Estella, España: Verbo Divino, 1986. [ATRE]
May, Herbert G. Atlas bíblico Oxford. Estella, España: Verbo Divino, 1988. [ABO]
Schmidt, W.H. Introducción al Antiguo Testamento. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1983. [IAT]
El Antiguo Testamento fue principalmente escrito en hebreo clásico, con la excepción de ciertas secciones en arameo (véase Esd. 4:8-6:18; 7:12-26; Jer. 10:11 y Dn. 2:4-7:28), un idioma muy parecido al hebreo y empleado en la región a partir del período persa. Los judíos la llaman Biblia o Tanak.
Su organización interna consta de tres partes: I.Torá [Ley], II.Nebiim [Profetas], III.Ketubiim [Escritos]. De ahí La vocal «a» que aparece en el nombre se coloca sólo para facilitar la pronunciación de las consonantes T, N, K. Sabemos que esta triple división ya se conocía para el año 130 a.C. (o posiblemente antes), pues en el prólogo del libro Eclesiástico (Sabiduría de Jesús ben de Sirac, fechado en este año), encontramos la referencia más temprana que se conoce de estas tres partes de las escrituras judías: «La ley, los profetas y los demás libros ...» Además, en el verso 39:1 del mismo libro leemos: «¡Qué distinto es el que se dedica por completo a estudiar la ley del Altísimo, a investigar la sabiduría de todos los antiguos y a ocuparse en las profecías!» De forma general se mencionan las tres partes, la ley del Altísimo (la Torá), la sabiduría de los antiguos (los Escritos) y las profecías. En 2 Macabeos 8:23 encontramos otra mención temprana a un texto bíblico identificándolo como libro «sagrado», lo que evidencia la distinción y la estima de que gozaban estos libros para el tiempo de los Macabeos.
En nuestras Biblias modernas la subdivisión y contenido del Antiguo Testamento varían según la versión que estemos empleando. Por ejemplo, mientras la Biblia hebrea, o el canon judío, consta de tres partes que se subdividen en un total de 24 libros, en la mayoría de las versiones protestantes del Antiguo Testamento (véanse las ediciones Reina-Valera de 1960 y 1995) encontramos 39 libros equivalentes a los 24 libros del canon judío. Sin embargo, en algunos casos encontramos el canon judío dividido en 22 libros, seguramente siguiendo el alfabeto hebreo que contiene 22 consonantes. ¿A qué se deben estas diferencias? Las causas son múltiples, pero si tuviéramos que resumirlas podríamos decir que estas ediciones modernas, a pesar de que contienen los mismos libros del canon judío, siguen la organización interna que apareció en la traducción o versión de la Biblia hebrea en griego conocida como la Septuaginta.
Cuando estudiamos las versiones católicoromanas y otras versiones protestantes y las comparamos con la Biblia hebrea, observamos diferencias en su contenido y organización interna. El cambio que más atrae la atención es la presencia de los llamados libros apócrifos o deuterocanónicos, porque con ellos estas Biblias alcanzan un total de 46 libros. La respuesta a la existencia de estos libros se encuentra en la Septuaginta, el nombre que los especialistas le han dado a una de las más importantes traducciones al griego del Antiguo Testamento. El lector se preguntará qué importancia tuvo esta versión para ocasionar tantos cambios. A pesar de las discusiones y malentendidos que estas diferencias han provocado a lo largo de la historia de la iglesia, sorprendentemente, la explicación es relativamente sencilla. La Septuaginta (LXX) fue el fruto del trabajo de escribas judíos en Alejandría, Egipto, durante el siglo 3 a.C., que se dieron a la tarea de traducir la Biblia hebrea al griego. De esta manera estaban respondiendo a las necesidades lingüísticas y teológicas de las comunidades judías que vivían en esa región y que ya no conocían el hebreo. Con toda probabilidad muchos de estos escribas eran herederos de las antiguas comunidades judías que se habían refugiado en Alejandría desde el exilio babilónico en el 587 a.C. Los libros apócrifos o deuterocanónicos que aparecen en la LXX (no en la Biblia hebrea) evidentemente respondían a inquietudes y necesidades particulares de la comunidad judía de Alejandría. Se sabe que las primeras traducciones de esta obra contenían solamente el Pentateuco. Con el tiempo, se tradujeron las otras partes del Antiguo Testamento (Profetas y Escritos). Sin embargo, debemos destacar que la razón de más peso que ha llevado a los editores cristianos del Antiguo Testamento a seguir la Septuaginta se debe a que ella fue la traducción que la iglesia cristiana naciente adoptó como parte de sus Escrituras. Además de incluir los libros apócrifos o deuterocanónicos, utilizó otros criterios para subdividir el bloque de libros de los Profetas y los Escritos, lo que no obedeció a un mero asunto de preferencia organizativa, como veremos en este trabajo, sino que también implicó una diferencia de interpretación y visión teológica. Esto se puede demostrar por medio de un ejemplo del libro de Daniel. En las ediciones modernas cristianas este libro aparece entre los profetas, pero en el canon judío se colocó entre los escritos.
Es necesario señalar, sin embargo, que la diferencia entre los libros deuterocanónicos y apócrifos es todavía mucho más compleja. En principio, las ediciones católicas y algunas ediciones protestantes del Antiguo Testamento son diferentes en cuanto a los siguientes libros: Tobit, Judit, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico, Baruc, 1 Macabeos, 2 Macabeos y adiciones a los libros de Ester y de Daniel. Por otro lado, debemos destacar que los libros que los católicos llaman apócrifos son aquellos que los protestantes llaman pseudoepígrafos. Aquí sólo haremos un alto para mencionar algunos de estos libros: el libro de los Jubileos, el Testamento de los Doce Patriarcas, Salmos de Salomón, la Carta de Aristeas, 3 Macabeos, 4 Macabeos, el libro de Enoc, 2 de Baruc, Asunción de Moisés, 3 y 4 de Esdras, entre otros (véase el capítulo 5 donde tratamos la literatura apócrifa o deuterocanónica).
Como observarán en el índice de este trabajo, aunque seguimos en principio la división en tres partes que encontramos en la Biblia hebrea (Torá, Profetas y Escritos), hemos insertado otras subdivisiones para propósitos de claridad en la exposición. Empleamos dos criterios como guías para las subdivisiones adicionales: el histórico-social y el literario. El mensaje de los libros bíblicos adquiere una riqueza y significado profundo cuando lo interpretamos en el contexto indicado anteriormente. Estas subdivisiones también nos facilitarán la comprensión y apreciación de una diversidad de libros y géneros literarios que no manifiestan de manera explícita su contexto sociocultural, ni sus fechas de composición, ni sus propósitos teológicos.
CHAPTER 2
La Torá
Bibliografía especial
Briend, Jacques. El Pentateuco. Cuadernos Bíblicos no. 13 Estella, España: Verbo Divino, 1977. [EP]
Buis, Pierre. El Libro de los Números. Cuadernos Bíblicos no. 78 Estella, España: Verbo Divino, 1993. [LEN]
Grelot, Pierre. Hombre, ¿quién eres? Cuadernos Bíblicos no. 5 Estella, España: Verbo Divino, 1976. [HQE]
Voth, Esteban. Génesis (primera parte). Comentario Bíblico Hispanoamericano. Miami, Editorial Caribe, 1992. [G]
Wiener, Claude. El libro del Éxodo. Cuadernos Bíblicos no. 54 Estella, España: Verbo Divino, 1990. [ELE]
La Torá contiene los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, o Biblia hebrea, que son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En la literatura rabínica, por ejemplo en el Talmud, estos cinco libros se consideraron la parte más sagrada de las Escrituras.
La Torá fue la primera parte de las Escrituras hebreas que adquirió carácter normativo y se entendió como una unidad. La tradición judía atribuyó estos libros a Moisés (Neh. 8:1; 13:1; 2 Cr. 23:18). Su papel protagónico como mediador en el Éxodo y como receptor de las tradiciones legales que servirían de guía al pueblo, lo hicieron merecedor de ese honor. Pero evidentemente él no fue el escritor de ese documento, y tampoco encontramos texto alguno que haga ese reclamo. Aunque ciertamente muchas tradiciones del Pentateuco se pueden trazar hasta llegar a Moisés, más bien son fruto de diversos grupos dentro del pueblo hebreo que se dieron a la tarea de recopilarlas, preservarlas y atesorarlas a través de los siglos.
Las dolorosas experiencias de la comunidad judía exílica y postexílica contribuyeron para que estas tradiciones—que se encontraron primero en diversas tradiciones orales y luego escritas --alcanzaran su forma escrita final. Después que el reino del sur perdió el control político que tuvo durante el período pre-exílico, solamente existió como una colonia de Babilonia (período exílico, 587 a.C.) y luego de Persia (período postexílico, 538 a 332 a.C.). Bajo el imperio persa, al pueblo se le permitió una libertad limitada en algunos asuntos culturales y religiosos, mientras que su autonomía política se redujo a una autoridad limitada que se le concedió al sumo sacerdote y a un gobernador que más bien respondía a los intereses del monarca persa. Una de las medidas más importantes que tomaron los líderes del pueblo para restaurar la comunidad y recuperar parte de los poderes perdidos fue orientar su vida comunitaria alrededor de la Torá. De esta manera, reafirmaron su identidad y la continuidad con sus antepasados, los patriarcas, y con las tribus que formaron el pueblo desde sus orígenes.
El relato sobre las reformas y la restauración del templo entre los años 450–400 a.C., y que encontramos en los libros de Esdras y Nehemías, representaron sin lugar a dudas, parte de las decisiones político-religiosas de la comunidad judía postexílica para elevar este cuerpo literario al sitio de respeto y sacralidad que ha gozado a través de su historia. La Torá se constituyó en la base que indiscutiblemente todos los miembros del pueblo judío, que proclamaban fidelidad a Yahvé, el Dios del pacto, debían observar.
Estas experiencias iniciaron lo que podríamos llamar el proceso de formación del canon. Cuando hablamos del canon del Antiguo Testamento nos referimos al grupo de libros que fue reconocido como la norma de fe para la comunidad judía. La mayor parte de las investigaciones apuntan a la asamblea, o sínodo judío, que se efectuó en el pueblo de Jamnia, Palestina (a finales de la década de los 90 d.C.) como el evento en el que, luego de sufrir la destrucción de Jerusalén y del templo en el 70 a.C., la comunidad judía tomó medidas para proteger su fe, sus Sagradas Escrituras, su vida social, política y, en fin, su identidad total. Se habla entonces de que en este evento se «fijó o limitó» el canon del Antiguo Testamento. Sin embargo, la información que tenemos sobre la asamblea en Jamnia es muy escasa como para decir con certeza qué fue lo que ocurrió allí. A pesar de ello, no podemos negar que Jamnia representa uno de múltiples encuentros que abonaron al proceso para determinar qué libros serían aceptados y cuáles serían rechazados. Este proceso ciertamente comenzó con Esdras y la comunidad que regresó del exilio babilónico y culminó a fines del primer siglo de la era cristiana.
Desde el punto de vista literario, la Torá, o el Pentateuco, contiene una variedad de géneros, por ejemplo: literatura narrativa donde encontramos relatos de los orígenes del mundo (mitos de la creación) en Génesis 1 y 2; genealogías o generaciones (toledot) en Génesis 5 y 10; historia primordial (sagas) sobre las primeras familias, clanes y tribus en Génesis 12–50; y tradiciones legales (torá) en Éxodo 19–24, Levítico 17–26, Deuteronomio 12–26. En sus orígenes, las tradiciones legales fueron consideradas como la instrucción y guía que Dios había dado para preservar la vida al pueblo. Fue más tarde, durante el período postexílico, que se exigió obedecer rigurosamente estas tradiciones legales. Ahora bien, esta forma de ver al Pentateuco ha resultado en diversas preocupaciones y desarrollo de métodos modernos para interpretar el texto bíblico.
Desde fines del siglo 17 d.C., en parte como resultado de un renovado interés por redescubrir la literatura bíblica, estudiosos europeos como Richard Simons, Jean Astruc y Julius Wellhausen, entre otros, comenzaron a analizar la Biblia procurando aplicar algunas de las teorías y métodos de interpretación que habían probado ser útiles en los estudios de la literatura universal. La llamada «teoría documental» fue el resultado de estas investigaciones aplicadas al Pentateuco. En esencia, esta teoría intenta explicar la formación del Pentateuco como resultado de un complejo y largo proceso de desarrollo de tradiciones orales y escritas. Estas tradiciones se fundieron poco a poco debido a ciertos eventos en la historia de Israel hasta que tomaron la forma en que actualmente las encontramos en el Pentateuco (ciertas modalidades de esta teoría estudian el alcance de las tradiciones más allá del Pentateuco). A través de la historia de la interpretación se han ofrecido varias versiones de la teoría documental, pero en términos generales, éstas hablan de «documentos», de fuentes y/o fragmentos; los que contenían y, a su vez, servían de vehículos para transmitir las tradiciones de diferentes sectores del pueblo de Israel. Con el propósito de ofrecer una idea sobre esta teoría, emplearemos estos términos como sinónimos, aunque advertimos que a través de la historia de la interpretación los eruditos le han dado una diversidad de sentidos y usos a los mismos.
Al primero de los documentos (por motivos expositivos hablaremos del «primero», «segundo», «tercero» y «cuarto» documento, aunque debemos recordar que, históricamente hablando, algunos de ellos pudieron haber existido simultáneamente) se le identificó como el Yahvista (J), nombre procedente del alemán Jahwist. Según los especialistas, este documento se caracterizó por emplear el nombre de Yahvé para referirse a Dios (Gn. 2:4b y siguientes). Entre lo característico de este manuscrito se ha destacado su preferencia por el uso de antropomorfismos con los que expresan un Dios cercano al ser humano (Gn. 2:7; 3:8; 6:5-6; 7:16). De la misma forma se dice que el Yahvista privilegia narrativas como la descripción del paraíso y la caída (Gn. 2–3), y proyecta a un Dios soberano y libre. Además, a esta tradición se le ha relacionado con las tribus del sur, porque entre sus propósitos principales se entiende que destacó el papel central de Judá. Su autor (o autores) de la comunidad que preservó esta visión teológica escribió en la última parte del tiempo de David o Salomón (ca. 960–930 a.C.). A esta tradición se le considera como la primera visión histórica y teológica que procuró recuperar y reorganizar muchas de las antiguas memorias sobre los patriarcas, el éxodo, el desierto, el pacto de la ley y el libro de Números, concluyendo con la muerte de Moisés. A su autor o autores se les ha asociado con personas en los círculos de las cortes de estos reyes que intentaron proveer una épica nacional de la dinastía davídica.