- Brossura
- Nuovo

Da: preigu, Osnabrück, Germaniapreigu
Venditore AbeBooks dal 5 agosto 2024
Condizione: Nuovo
EUR 34,00
Quantità: 5 disponibili
Aggiungi al carrelloDescrizione dell’articolo da parte del venditore
Juan de la Rosa | Nataniel Aguirre | Taschenbuch | Kartoniert / Broschiert | Spanisch | 2024 | Linkgua Ediciones | EAN 9788490076736 | Verantwortliche Person für die EU: Libri GmbH, Europaallee 1, 36244 Bad Hersfeld, gpsr[at]libri[dot]de | Anbieter: preigu Print on Demand.
Codice articolo 127381170
- Titolo
- Juan de la Rosa
- Autore
- Nataniel Aguirre
- Editore
- Linkgua Ediciones
- Anno di pubblicazione
- 2024
- Condizione
- Neu
- Rilegatura
- Taschenbuch
- Lingua
- spagnolo
- ISBN 10
- 8490076731
- ISBN 13
- 9788490076736
- Peso dell'articolo
- 410 grammi
- Dimensioni
- 210 x 148 x 17 mm
- Cataloghi dei venditori
- Bücher
"Riassunto" può appartenere a un’altra edizione di questo titolo.
Estratto. © Ristampato con autorizzazione. Tutti i diritti riservati.
Juan de la Rosa. Memorias del Último soldado de la Independencia
By Nataniel AguirreRed Ediciones
All rights reserved.
Contents
CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 9,
POR TODO PRÓLOGO, 11,
CAPÍTULO I. PRIMEROS RECUERDOS DE MI INFANCIA, 13,
CAPÍTULO II. ROSITA ENFERMA. UN NUEVO AMIGO, 21,
CAPÍTULO III. LO QUE YO VI DEL ALZAMIENTO, 30,
CAPÍTULO IV. COMIENZO A COLUMBRAR LO QUE ERA AQUELLO, 36,
CAPÍTULO V. DE COMO MI ÁNGEL SE VOLVIÓ AL CIELO, 46,
CAPÍTULO VI. MÁRQUEZ Y ALTAMIRA, 54,
CAPÍTULO VII. LA BATALLA DE AROMA SEGÚN ALEJO, 62,
CAPÍTULO VIII. MI CAUTIVERIO. NOTICIAS DE CASTELLI, 76,
CAPÍTULO IX. DE QUÉ MODO DEJAMOS DE REZAR UNA TARDE EL SANTO ROSARIO, Y DE LA ÚNICA VEZ QUE ESTUVO AMABLE DOÑA TERESA, 85,
CAPÍTULO X. MI DESTIERRO, 95,
CAPÍTULO XI. EL EJÉRCITO DE COCHABAMBA. AMIRAYA, 110,
CAPÍTULO XII. CIERTO, ADMIRABLE Y BIEN SABIDO SUCESO, 122,
CAPÍTULO XIII. ARZE Y RIVERO, 133,
CAPÍTULO XIV. LAS ARMAS Y EL TESORO DE LA PATRIA, 141,
CAPÍTULO XV. UN INVENTARIO. MI VISITA A LA ABUELA, 150,
CAPÍTULO XVI. LA ENTRADA DEL GOBERNADOR DEL GRAN PAITITI, 158,
CAPÍTULO XVII. COMPAREZCO ANTE EL TREMENDO TRIBUNAL DEL PADRE ARREDONDO Y SOY DECLARADO HEREJE FILOSOFANTE, 167,
CAPÍTULO XVIII. TIRÓN DE ATRÁS. QUIRQUIAVE Y EL QUEHUIÑAL, 177,
CAPÍTULO XIX. ¡AY, DE LOS ALZADOS! ¡AY, DE LOS CHAPETONES!, 188,
CAPÍTULO XX. EL ALZAMIENTO DE LAS MUJERES, 203,
CAPÍTULO XXI. LA GRAN FAZAÑA DEL CONDE DE HUAQUI, 216,
CAPÍTULO XXII. EL LOBO, LA ZORRA Y EL PAPAGAYO, 226,
CAPÍTULO XXIII. DE LA EDIFICANTE PIEDAD CON QUE EL CONDE DE HUAQUI CELEBRÓ LA FIESTA DEL CORPUS, DESPUÉS DE SU VICTORIA DE «LA ELEVADA MONTAÑA DE SAN SEBASTIÁN», 232,
CAPÍTULO XXIV. EL LEGADO DE FRAY JUSTO, 244,
CAPÍTULO XXV. UNA FAMILIA CRIOLLA EN LOS BUENOS TIEMPOS DEL REY NUESTRO SEÑOR, 248,
CAPÍTULO XXVI. DONDE HA DE VERSE QUE UNA BEATA MURMURADORA PUEDE SER BIEN PARECIDA Y TENER UN EXCELENTE CORAZÓN, 258,
CAPÍTULO XXVII. DE COMO FUI Y LLEGUÉ A DONDE QUERÍA, 262,
LIBROS A LA CARTA, 271,
CHAPTER 1
PRIMEROS RECUERDOS DE MI INFANCIA
Rosita, la Linda Encajera, cuya memoria conservan todavía algunos ancianos de la villa de Oropesa, que admiraron su peregrina hermosura, la bondad de su carácter y las primorosas labores de sus manos, fue el ángel tutelar de mi dichosa infancia. Su cariño, su ternura y solicitud maternales eran sin límites para conmigo, y yo le daba siempre con gozo y verdadero orgullo el dulce nombre de madre. Pero ella me llamó solamente «el niño», menos dos o tres veces en las que la palabra «hijo» se le escapó, como un grito irresistible de la naturaleza, que parecía desgarrar de un modo muy cruel sus entrañas.
Vivíamos solos en un cuarto o tienda del confín del Barrio de los Ricos, hoy de Sucre, sin más puertas que la que daba a la calle y otra pequeña, de una sola mano, en el rincón de la izquierda de la entrada. Una tarima, que era nuestro estrado y servía de noche para hacer la cama; una larga mesa sobre la que Rosita planchaba ropa fina de lino, albas y paños de altar; una grande arca ennegrecida por el tiempo; dos silletas de brazos con asiento y espaldar de cuero labrado; un banquito muy bajo y un brasero de hierro, componían lo principal del mueblaje de la habitación. Las paredes, pintadas de tierra amarilla, estaban decoradas de estampas groseramente iluminadas, entre las que resaltaba una pintura original, obra de no muy torpe como atrevida mano, que representaba la muerte de Atahualpa. En la pared fronteriza a la puerta, como en sitio de preferencia, había además un cuadro al óleo, de la Divina Pastora sentada, con manto azul, entre dos cándidas ovejas, con el niño Jesús en las rodillas. La puertecita de la izquierda conducía a un pequeño patio enteramente cerrado por elevadas tapias, y en el que un sotechado servía de despensa y de cocina.
Rosita — no creo que me engañen mis recuerdos, ni que mi ternura le preste ahora en mi imaginación encantos que no tenía —, era una joven criolla tan bella como una perfecta andaluza, con larga, abundante y rizada cabellera; ojos rasgados, brillantes como luceros; facciones muy regulares, menos la nariz un tanto arremangada; boca de flor de granado; dientes blanquísimos, menudos, apretados, como solo pueden tenerlos las mujeres indias de cuya sangre debían correr algunas gotas en sus venas; manos y pies de hada; talle airoso y gentil que, sin el recato que observaba en todos sus movimientos y la hacía presentarse un poco encogida, le hubiera envidiado la mujer más presumida, esbelta y salerosa de la Península. Su voz, que tomaba fácilmente todas las inflexiones de la pasión, era de ordinario dulce y armoniosa como un arrullo. Había recibido, en fin, la educación más esmerada que podía alcanzarse en aquel tiempo.
Vestía uniformemente basquiña de merino azul hasta cerca del tobillo; jubón blanco de tela sencilla de algodón, muy bordado, con anchas mangas que dejaban ver los brazos hasta el codo; mantilla de color más oscuro, con franjas de pana negra, prendida con grueso alfiler de plata Sus hermosos cabellos, recogidos en dos trenzas, volvían a unirse a media espalda, anudados por una cinta de lana de vicuña con bonitas de colores. Por todo adorno llevaba grandes aretes de oro en sus delicadas y diminutas orejas y un anillo de marfil encasquillado, en el dedo meñique de la mano izquierda. Sus pies calzados de medias listadas del mismo color predilecto del vestido, se ocultaban en zapatitos de cuero embarnizado, con tacones encarnados. Me parece que la veo y la oigo, ahora mismo con embeleso, como acostumbraba al despertarme de mi tranquilo sueño. Limpia, aseada, después de haberlo ordenado todo en nuestra habitación, está sentada a la puerta, en su banquito, con la almohadilla de encajes por delante; pero sus ágiles dedos se entorpecen poco a poco hasta abandonar lánguidamente los palillos y se cruzan sobre una de sus rodillas; sus bellos ojos buscan no sé qué en la parte de cielo que se descubre más allá de los techos de un feo caserón del otro lado de la calle; canta a media voz para interrumpir mi sueño, en la lengua más tierna y expresiva del mundo, el yaraví de la despedida del Inca Manco, tristísimo lamento dirigido al padre Sol, de lo alto de las montañas del último refugio, demandando la muerte para no ver la eterna esclavitud de su raza; gotas del llanto que fluye sin sentirlo, ruedan una tras otra por sus pálidas mejillas ...
Pocas personas, se acercaban a nuestra humilde morada, y eran muy contadas las que en ella penetraban. Criados de familias acomodadas y mandaderos de los conventos daban desde la puerta algún recado, dejaban allí mismo las labores que traían, o recibían las que habían sido ya hechas. Algunas veces un caballero anciano de aspecto venerable, envuelto en ancha capa de paño de San Fernando, con el sombrero calado hasta los ojos y apoyado en un bastón de grueso puño y largo regatón de oro, llegaba a la hora del crepúsculo, y llamando a Rosita con bondadoso acento, le entregaba un bolsillo o un paquetito, que ella recibía besándole la mano, aun cuando él tratase de impedirlo, despidiéndose al momento.
Solo una tarde calurosa del mes de octubre, en que parecía muy cansado de largo ejercicio, se dignó aceptar una silla, que nos apresuramos a colocar al fresco en la acera, extendiendo a sus pies una manta de lana. Estuvo hablando mucho tiempo con Rosita de la miseria que había sufrirlo el país hacía dos años, en el de 1804, y la oyó hablar después en voz baja sin interrumpirla más que con algunas preguntas. Cuando ella concluyó me puso entre sus rodillas; me dejó admirar su bastón a mi gusto, mientras él acariciaba mis cabellos, y murmuró dos o tres veces:
— Es una infamia ..., ¡pobre Juanito!
La noche había cerrado muy oscura encapotándose el cielo de nubes, cuando pensó en retirarse, y Rosita se empeñó y obtuvo de él que le acompañásemos hasta su casa.
— Su merced se apoyará en mi hombro, y el niño irá alumbrando por delante — le dijo, mandándome enseguida que encendiera un farolillo de papel.
Tomamos así una desierta calle que cruzaba más arriba la nuestra, y caminamos gran trecho a la izquierda, entre cercas y tapiales de huertas y sembrados, hasta llegar a una puerta muy espaciosa, abierta en un largo paredón, tras de una acequia, en cuyo puente esperaba un criado negro de gigantesca estatura.
Detúvose allí el caballero, y dándome una palmadita en la mejilla, dijo a mi madre:
— Hazle un buen mameluco y cómprale un muñeco para la Fiesta de Todos los Santos; pero a condición de que aprenda la cartilla.
— Señor — contestó ella —, el mameluco se hará y también el muñeco, que nadie ha de hacerlo mejor que yo. En cuanto a recomendarle la cartilla, vuestra merced ignora todavía que el niño sabe ya leer casi de corrido, en un libro muy gracioso que le ha regalado su buen maestro Fray Justo del Santísimo Sacramento.
— ¡Oiga! — repuso el noble anciano —, ¿conque este perillán promete ser un hombre de provecho? Bien, hija mía; id con Dios, y no olvidéis que esta puerta nunca estará cerrada para vosotros.
Y dichas estas palabras se entró por la puerta bendita precedido por el criado que, entre tanto, había corrido a proveerse de una luz.
— ¿Quién es? ¿por qué nos quiere así, y no huyes tú de él, madre, como de otros caballeros? — pregunté entonces a Rosita que, tomándome de la mano, procuraba ya volverse a pasos precipitados.
— Es — me contestó —, el padre de los desgraciados, el señor gobernador — y me dijo enseguida su nombre venerado hoy mismo a pesar del odio a la dominación española.
Era don Francisco de Viedma, que quiso fundar al morir, en aquella quinta, un asilo para los huérfanos.
El padre agustino Fray Justo, mi oficioso maestro de lectura, venía dos o tres veces por semana, con la capucha calada, los brazos cruzados sobre el pecho, ocultas las manos en las mangas del hábito, con pasos ligeros y silenciosos, como un fantasma; y se dejaba caer en la silla dispuesta siempre al lado de la mesa para recibirle.
Era el hombre más extraordinario que he conocido en mi vida, y fue por mucho tiempo un enigma impenetrable para mi inculto y grosero entendimiento. Alto, seco, amarillo, con ojos como ascuas, muy movibles en sus órbitas, a primera vista daba miedo. Mirándolo con más espacio, sus nobles facciones muy regulares, su abultada y espaciosa frente coronada de canas prematuras, infundían respeto. Cuando se le oía hablar, cuando se podía penetrar algo de sus ideas y sentimientos, incomprensibles en aquella época para espíritus vulgares, se llegaba a amarle con veneración. Habitualmente melancólico y distraído, sabía mostrarse jovial con los humildes y tenía momentos de expansión, en los que reía a carcajadas como el tonto que se considera más dichoso en este valle de lágrimas.
Desplomado ya en su silla, extendía su larga y huesosa mano a Rosita, que se acercaba a estrecharla entre las suyas y a besársela (cuando él no lo estorbaba, lo que era raro) con cariño fraternal y sumisión religiosa. Hablaba después en voz baja con ella; se enderezaba; la capucha se le caía a las espaldas, y gritaba alegremente:
— ¡Juanito, el Quijote! Vamos a reír, muchacho, de las aventuras del caballero de la Triste Figura y de su escudero el gran gobernador de la Ínsula Barataria.
Hojeaba el libro que yo le presentaba, y decía cosas cuyo sentido no podía explicarme, como, por ejemplo:
— ¡Oh, la aventura maravillosa y sin par de los batanes! ¿Será esto lo que nos pasa con tantas cosas que se forja nuestra imaginación y tenemos por verdaderas en las espesas tinieblas, en el misterio que nos rodean? Y esta ínsula Barataria tan monótona y sumisa que llega a tener un buen gobernador por burla ¿no se diría que es imagen de todo un mundo secuestrado en provecho de lejanos señores? ...
Su descarnado dedo señalaba una tras otra las palabras que yo leía en alta voz, deteniéndose en aquellas que tardaba en descifrar o no pronunciaba correctamente. Satisfecho de la lección, algunas veces, repetía las palabras que oí a don Francisco de Viedma:
— Será un hombre de provecho.
Pero se interrumpía al punto con una sonora carcajada, y continuaba:
— ¿Qué ha de ser, Dios mío? ¿qué puede ser aquí? ¿Cura? ¿fraile? Sí, tú serás cura, Juanito; y harás bailar a los indios tambaleándose en las procesiones. Habrá misas cantadas, alferazgos, entierros y casamientos; engordarás hasta llegar quién sabe a canónigo; tu pobre madre dejará a lo menos de encorvarse ante la almohadilla y el brasero, y ... ¡vivirá!
Quedábase enseguida meditabundo, distraído, mirando sin ver los ladrillos del pavimento o las negras vigas de la techumbre; mientras que Rosita, estremecida antes más de una vez al oír sus discursos, absorta ahora igualmente en sus pensamientos, fingía ocuparse tan solo de su labor, o de endulzar para él una bebida refrigerante de naranja o piña, que de antemano estaba dispuesta en un pequeño cántaro de olorosa arcilla; y mientras que yo continuaba la lectura, sin que ninguno de los dos celebrase entonces la inmortal novela de Cervantes.
La voz de Rosita, o simplemente el ruido de sus pasos, cuando se acercaba a ofrecerle la bebida, en ancho vaso de cristal adornado de flores, ejercía sobre el Padre una fascinación irresistible. Volvía como de un penoso sueño, iluminándose su amarillo semblante de inefable sonrisa; y procuraba al momento disipar cualquiera impresión dolorosa o desagradable que pudiera dejarnos al partir. Hablaba a Rosita de sus labores; de una misteriosa alcancía que yo la vi una vez ocultar cuidadosamente en el fondo del arca; me hacía barcos y globos de papel, o, plegando un pedazo de éste de una manera ingeniosa, sacaba de un solo tijeretazo una cruz y todos los instrumentos de la pasión del Salvador.
Un día quiso evocar recuerdos de un tiempo que debió ser mejor sin duda; pero obtuvo un resultado enteramente contrario del que se proponía.
— ¿Sabes, Juanito — comenzó a decir —, que tu madre ha sido mi hermana? — Y dirigiéndose a ella, prosiguió —: ¿no recuerdas que tú aprendiste a leer más pronto que este rapazuelo?
— ¿Y cómo pudiera yo haberlo olvidado? Sabes tú ..., Vuestra Paternidad no ignora — balbuceó mi madre —, que en aquel tiempo pude haber creído en la felicidad que solo se encuentra en el cielo.
Y callaron entre ambos, no sin que llegase a mi oído un suspiro lastimero de Fray Justo.
Muchos años después comprendí el inmenso dolor que debieron sufrir entre ambos. Un día oí en Lima, al admirable poeta Olmedo, citar en conversación una sentencia que decía encontrarse en un verso del Infierno de Dante: «no hay mayor tormento que acordarse del tiempo feliz en la miseria», y el recuerdo de aquella escena, que me conmovió de niño, oprimió mi corazón bajo la casaca de oficial de Granaderos a Caballo, de Buenos Aires.
Otro amigo fiel, más asiduo, que nos visitaba todos los días, en las horas que le permitía su trabajo, era el maestro cerrajero y herrador Alejo, pariente yo no sé en qué grado de mi madre. Cobrizo, de más que mediana estatura, fornido, de cabeza al parecer pequeña enclavada en un cuello de toro; ancho de pechos y un tanto cargado de espaldas, con manos y pies descomunales, parecía la personificación de la fuerza, y la tenía realmente proverbial en la villa. Pero su semblante, de ordinario tranquilo, sus ojos de ingenuo y franco mirar, revelaban un alma naturalmente bondadosa, a no ser que los animase la cólera, en cuyo caso tomaban una expresión bestial, espantosa.
Su traje semejante al de la generalidad de los mestizos, estaba mejor cuidado y era de telas menos groseras. Usaba sombrero de copa redonda y anchas alas, chaqueta de pana enteramente abierta, mostrando la camisa de tocuyo del país nunca abrochada al cuello, como si éste no lo consintiese; calzón de cordellate, sujeto por faja de lana colorada con largos flecos; gruesos zapatos de los llamados rusos, que parecían incomodarle siempre. Hablaba castellano sin estropearlo demasiado; pero prefería el quichua siempre que lo hablase también su interlocutor o fuese éste alguno de sus iguales. Llamaba «la niña» a Rosita y la adoraba como a una santa. Su condescendencia conmigo llegaba a irritar en ocasiones hasta a esa santa, a mi cariñosa madre. Muchas veces le dijo a ella:
— ¡Qué hermosa eres, niña mía! Si quisieras hacerte retratar harían un cuadro como el de tu Divina Pastora.
Y hablando de mí agregaba:
— Déjale en paz. ¡Que corra por los campos de Dios! ¡que brinque y grite y se suba a los árboles! Yo no sé cómo tú misma no le acompañas en sus juegos, cuando yo más viejo que tú, le enseño travesuras y las hago con él.
Si oía cantar a Rosita, se quedaba estático, abriendo la boca, como acostumbran todas las gentes sencillas cuando concentran su atención en alguna cosa. Mil veces se hizo repetir los versos de la despedida del Inca, o de algún fragmento del Ollantay sin conseguir nunca retenerlos por completo en la memoria. Confesaba humildemente su torpeza. No se obstinaba en sostener sus juicios u opiniones, cuando alguna persona querida los refutaba con calma y dulzura, y comprendiese o no los razonamientos contrarios, parecía quedarse convencido, diciendo: «bueno ..., ¡ahí está!». Todo esto no quiere decir, empero, que dejase de tener, si así convenía a sus intereses, la astucia y socarronería que suelen distinguir en alto grado hasta a los indígenas embrutecidos.
(Continues...)
Excerpted from Juan de la Rosa. Memorias del Último soldado de la Independencia by Nataniel Aguirre. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.
"Descrizione articolo" può appartenere a un’altra edizione di questo titolo.
preigu
Osnabrück, Germania
Venditore AbeBooks dal 5 agosto 2024
Tariffe di spedizione da Germania a U.S.A.
| Articolo | Da 60 a 60 giorni lavorativi | Da 60 a 60 giorni lavorativi |
|---|---|---|
| Primo articolo | EUR 70,00 | EUR 70,00 |
Metodi di pagamento
- PayPal
Descrizione dello Store
preigu betreibt einen Onlineversandhandel mit über 1 Mio. Produkten in verschiedenen Sortimenten. Das Kernsortiment besteht aus Büchern, Medien und Spielwaren. Ein gelungenes Einkaufserlebnis ist das Ziel einer jeden Bestellung bei preigu, denn der Kunde und seine Zufriedenheit stehen an erster Stelle. preigu setzt daher auf einen kompetenten Kundenservice, funktionierende Prozesse und schnelle Reaktion.
Specializzazione
Bücher, SpielwarenInformazioni sull’azienda del venditore
preigu GmbH & Co. KG
Lengericher Landstraße 19
Osnabrück, Germania 49078
Condizioni di vendita
About Us
Legal website operator identification:
preigu GmbH & Co. KG
Lengericher Landstr. 19
49078 Osnabrück
Germany
Telephone: +49 (0) 541 / 580 72 84
Email: mail@preigu.de
VAT No: DE 455 380 498
AG Osnabrück - HRA 209647
PhG: preigu Verwaltung GmbH
AG Osnabrück - HRB 221793
CEO: Ansas Meyer
We are neither willing nor obliged to participate in dispute resolution proceedings before consumer arbitration boards.
We are a member of the initiative "FairCommerce" since 30.11.2016.
For more information, see: https://www.haendlerbund.de/de/haendlerbund/interessenvertretung/faircommerce
Diritto di recesso
Instructions for revocation
Right of withdrawal for the sale of goods
Revocation right for consumers
(A ‘consumer' is any natural person who concludes a legal transaction which, to an overwhelming extent, cannot be attributed to either his commercial or independent professional activities.)
Instructions for revocation
Revocation right
You have the right to revoke this contract within 14 days without specifying any reasons.
The revocation period is 14 days with effect from the day,
-
on which you or a third party nominated by you, which is not the carrier, had taken possession of the products, provided you had ordered one or more products within the scope of a standard order and this/these product/products is/are delivered uniformly;
-
on which you or a third party nominated by you, which is not the carrier, had taken possession of the last product, provided you had ordered several products within the scope of a standard order and these products are delivered separately;
-
on which you or a third party nominated by you, which is not the carrier, had taken possession of the last part delivery or the last unit, provided you had ordered a product, which is delivered in several part deliveries or units;
To exercise your right of withdrawal, you must inform us (preigu GmbH & Co. KG, Lengericher Landstr. 19, 49078 Osnabrück, Telephone number: +49 (0) 541 / 580 72 84, E-Mail address: mail@preigu.de) by means of a clear declaration (e.g. a letter sent by post, or an e-mail) of your decision to withdraw from this contract. You can use the attached model withdrawal form for this purpose, which is, however, not mandatory.
You can also exercise your right of withdrawal online by clicking on a button labelled accordingly (such as ‘Withdraw from contract' or similar) on the AbeBooks/ZVAB website. If you use this online function, you will immediately receive a confirmation of receipt on a durable medium (e.g. via email) containing information on the content of the withdrawal notice, as well as the date and time of its receipt.
In order to safeguard the revocation period, it is sufficient that you send the notification about the exercise of the revocation right before the expiry of the revocation period.
Consequences of the revocation
If you revoke this contract, we shall repay all the payments, which we received from you, including the delivery costs (with the exception of additional costs, which arise from that fact that you selected a form of delivery other than the most reasonable standard delivery offered by us), immediately and at the latest within 14 days from the day on which we received the notification about the revocation of this contract from you. We use the same means of payment, which you had originally used during the original transaction, for this repayment unless expressly agreed otherwise with you; you will not be charged any fees owing to this repayment.
We can refuse the repayment until the products are returned to us or until you have furnished evidence that you have sent the products back to us, depending on whichever is earlier.
You must return or transfer the products to us immediately and, in any case, at the latest within 14 days with effect from the day on which you inform us of the revocation of this contract. The deadline is maintained if you send the products before the expiry of the 14 day deadline.
You bear the direct costs for returning the products.
You must pay for any depreciation of the products only if this depreciation can be attributed to any handling with you that was not necessary for checking the condition, features and functionality of the products.
Criteria for exclusion or expiry
The revocation right is not available for contracts
-
for delivery of products, which are not prefabricated and for whose manufacturing an individual selection or stipulation by the consumer is important or which are clearly tailored to the personal requirements of the consumer;
-
for delivery of products, which can spoil quickly or whose use-by date would be exceeded quickly;
-
for delivery of alcoholic drinks, whose price was agreed at the time of concluding the contract, which however can be delivered 30 days after the conclusion of the contract at the earliest and whose current value depends on the fluctuations in the market, on which the entrepreneur has no influence;
-
for delivery of newspapers, periodicals or magazines with the exception of subscription contracts. The revocation right expires prematurely in case of contracts
-
for delivery of sealed products, which are not suitable for return for reasons of health protection or hygiene if their seal has been removed after the delivery;
-
for delivery of products if they have been mixed inseparably with other goods after the delivery, owing to their condition;
-
for delivery of sound or video recording or computer software in a sealed package if the seal has been removed after the delivery.
Specimen - revocation form
(If you wish to revoke the contract, please fill up this form and send it back to us.)
-
To preigu GmbH & Co. KG, Lengericher Landstr. 19, 49078 Osnabrück, Email address: mail@preigu.de :
-
I/we () herewith revoke the contract concluded by me/ us () regarding the purchase of the following products ()/
the provision of the following service () -
Ordered on ()/ received on ()
-
Name of the consumer(s)
-
Address of the consumer(s)
-
Signature of the consumer(s) (only in case of a notification on paper)
-
Date
(*) Cross out the incorrect option.