Raza de bronce
Arguedas, Alcides
Venduto da LiLi - La Liberté des Livres, CANEJAN, Francia
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ADVERTENCIA, 11,
LIBRO PRIMERO EL VALLE,
LIBRO SEGUNDO EL YERMO,
LIBROS A LA CARTA, 279,
El rojo dominaba en el paisaje.
Fulgía el lago como una ascua a los reflejos del Sol muriente, y, tintas en rosa, se destacaban las nevadas crestas de la cordillera por detrás de los cerros grises que enmarcan el Titicaca poniendo blanco festón a su cima angulosa y resquebrajada, donde se deshacían los restos de nieve que recientes tormentas acumularon en sus oquedades.
De pie sobre un peñón enhiesto en la última plataforma del monte, al socaire de los vientos, avizoraba la pastora los flancos abruptos del cerro, y su silueta se destacaba nítida sobre la claridad rojiza del crepúsculo, acusando los contornos armoniosos de su busto.
Era una india fuerte y esbelta. Caíale la oscura cabellera de reflejos azulosos en dos gruesas trenzas sobre las espaldas, y un sombrerillo pardo con cinta negra le protegía el rostro requemado por el frío y cortante aire de la sierra. Su saya de burda lana oscilaba al viento que silbaba su eterna melopea en los pajonales crecidos entre las hiendas de las rocas, y era el solo ruido que acompañaba el largo balido de las ovejas.
Inquieta, escudriñaba la zagala.
No ha rato, al reunir su majada para conducirla al redil, había echado de ver que faltaba uno de sus carneros; y aunque no temía la voracidad de ninguna fiera ni la rapacidad de malhechores, recelaba que fuese incorporado a los hatos de la hacienda colindante, hechos a merodear en los flancos de la colina a orillas del lago, o a la vera de los linderos marcados por hitos de adobes o pircas de rocalla, y ya harto conocía el ingrato rondar por entre gente agriada con pleitos, a cada instante suscitados por la posesión de ejidos que los terratenientes aún no habían deslindado.
La noche se echaba encima y pronto se haría difícil ordenar la marcha del rebaño. Al pensar en esto, dejó la zagala sus ovejas bajo el ojo vigilante de Leke, el lanudo y pequeño can, y se dirigió a las rocas que en gradiente coronaban la cima del cerro, cuyos flancos se bañan por un lado en la transparente linfa del lago, y del otro se tienden con suave declive hacia la llanura, limitada a lo lejos por colinas chatas y altozanos y surcada en medio por la quiebra de un río.
Volvió a trepar a lo alto de una empinada roca, y desde esa atalaya tendió los ojos en torno.
El lago, desde esa altura, parecía una enorme brasa viva. En medio de la hoguera saltaban las islas como manchas negras, dibujando admirablemente los más pequeños detalles de sus contornos; y el estrecho de Tiquina, encajonado al fondo entre dos cerros que a esa distancia fingían muros de un negro azulado, daba la impresión de un río de fuego viniendo a alimentar el ardiente caudal de la encendida linfa. La llanura, escueta de árboles, desnuda, alargábase negra y gris en su totalidad. Algunos sembríos de cebada, ya amarillentos por la madurez, ponían manchas de color sobre la nota triste y opaca de ese suelo casi estéril por el perenne frío de las alturas. Acá y allá, en las hondonadas, fulgían de rojo los charcos formados por las pasadas lluvias, como los restos de un colosal espejo roto en la llanura.
Un silencio de templo envolvía la extensión. Todo parecía recogerse ante la serenidad del crepúsculo, y diríase muerto el paisaje, si de vez en cuando no se oyese a lo lejos el medroso sollozar de la quena (flauta) de un pastor, o el desapacible repiqueteo de los yaka-yakas, apostados ya al margen de sus nidos cavados en las dunas del río, o en las quiebras de las rocas.
Avizoró la pastora el paisaje, indiferente a la infinita dulzura con que agonizaba el día, y al punto dejó su atalaya, porque le pareció haber oído un solitario balido hacia el final de esa dominante plataforma, adonde rara vez conducía su rebaño, porque, a más de ser pobre en pastos, llevaba en el país la fama de albergar a los espíritus malignos en una caverna cuya boca se abría mirando al lago, a pocos pasos del flanco que cae, casi a pico, sobre las inquietas aguas.
Era una cantera de berenguela y mármol verde, largo tiempo abandonada, y que hoy servía de cómodo y seguro refugio a las lechuzas y vizcachas (liebres). Los laikas (brujos) de la región habíanla convertido en su manida, para contraer allí pacto con las potencias sobrenaturales o preparar sus brebajes y hechizos, y rara vez asomaban por allí los profanos. Los pocos animosos que, por extrañas circunstancias, se atrevían a violar su secreto, juraban por lo más santo haber oído gemidos, sollozos y maldiciones de almas en pena y visto brillar los ojos fosforescentes de los demonios, que danzaban en torno a los condenados ...
Alguna vez, en horas de tormenta, cuando el rayo hiende las rocas, aúlla el viento y se desatan cataratas de lluvia sobre las alturas, Wata-Wara había profanado su misterio, para expulsar a sus bestias refugiadas en el pavoroso antro; y aunque nunca había visto ni oído lo que otros juraban ver y oír, no se atrevía, solo por capricho o curiosidad, a provocar el enojo de los yatiris (adivinos) poniendo planta insolente en sus dominios.
— ¡Jaú-u-u-u! — gritó Wata-Wara avanzando con miedo hacia el boquerón oscuro e informe de la entrada. Su grito penetrante y agudo metióse en el antro y a poco salió en forma de eco, que ella, por extraña ilusión, tomó por el balido de su extraviada res.
Y quiso adentrarse en la caverna, y la detuvo el miedo; pero la codicia fue más fuerte en ella. Con paso furtivo y resuelto, tendidos hacia delante los brazos, dilatados los ojos, avanzó lentamente, cual si tantease en la penumbra, y a pocos pasos quedó inmóvil, oyendo solamente los latidos tumultuosos de su corazón.
Grande y ancha era la caverna. Su piso irregular estaba cubierto con el cascajo que al romper las piedras dejaran los ignorados canteros que allí labraron quizás la piedra blanca con transparencias opalinas para la fontana que otrora se erguía en el hoy destruido Prado de La Paz, y en los rincones se veía la huella del fuego encendido para cocer su yantar o dar filo al cincel. Las paredes se componían de enormes bloques rectangulares y sobrepuestos por capas en espontánea colocación; parecían los materiales dispuestos y abandonados allí por descuido para una enorme y gigantesca construcción. En las paredes laterales y del fondo, sobre el nivel del suelo, se abrían las bocas de otras tres galerías, oscuras, misteriosas, por donde corrían las vetas de la piedra blanca, y su vista llenó de pavor el ánimo de la zagala, que salió huyendo de las sombras, pasmadas aún de su audacia. Ya fuera, y con voz temblorosa por el miedo, lanzó su penetrante grito, y otro cercano repercutió a sus espaldas. Volvióse vivamente la pastora, y vio con alegría que un mozo avanzaba por la plataforma cargando en su poncho la descarriada oveja.
Era el mozo alto, ancho de espaldas y de vigoroso cuello. Tenía expresión inteligente y era gallarda la actitud de su cuerpo. La cabellera le caía enmelenada sobre los hombros saliendo por debajo del gorro amarillo, cuyas aletas le cubrían las orejas con parte de las mejillas. El chaleco escotado, sujeto por cuatro botones de metal, y la camisa abierta, dejaban ver su pecho robusto y moreno.
— ¿Dónde hallaste a este diablo, Agiali? — demandó la moza, sin responder al saludo del gigantón.
— Vagaba por la pampa y lo recogí de ella.
— ¡Tanto que me ha hecho penar el malo!
Y alzando un guijo dio con él a la bestia, que escapó camino de la majada, cuyos balidos anunciaban impaciencia.
— Dime, ¿entraste a la cueva? — preguntó el mozo, con acento receloso y desconfiado.
— Sí.
— ¿Y para qué?
La india hizo un gesto vago y se encogió de hombros. Agiali, asustado de veras, le objetó:
— Ya verás; seguro que te ha de suceder algo ... Como al Manuno.
Callaron ambos, miedosos. El recuerdo, inoportunamente evocado, produjo honda impresión en la pastora.
— ¿Y sabes dónde está ahora?
— No sé. Alguien me dijo que se murió.
— ¡Pobrecito! El Patrón fue malo con él.
— Lo es con todos. Habría bastado, por castigo, los azotes que le hizo dar; pero quemó su casa.
— Dicen que le debía y no podía pagarle.
— ¿Y qué? ... Le habría pagado poco a poco, como le pagamos todos ... ¡Como si fuera capaz de perdonarnos una deuda! ...
Y una sonrisa agria borró la palidez de su rostro. Quedaron en silencio.
Agiali parecía preocupado, y ella creía conocer la causa de su congoja. Días antes, como castigo a una falta, había recibido orden del administrador para ir, con otros cuatro compañeros castigados como él, a comprar granos al valle, y ella sabía que esas excursiones eran siempre peligrosas, no tanto para los hombres como para las bestias.
¡Cuántas veces las pobres bestias quedaron inutilizadas para el trabajo por las mataduras de sus lomos cruelmente dañados por la carga! ¡Y cuántas los hombres, presas de extraños males, se la pasaron en casa, inútiles para las diarias faenas, o quedaban tullidos y enfermos hasta la muerte!
— ¿De veras vas mañana de viaje? — preguntó Wata-Wara, echando a andar camino de la majada, cuyos insistentes balidos era lo único que se oía en la alta cumbre, libre todavía de las sombras.
— Mañana — repuso Agiali con aire preocupado.
— ¿Con quiénes vas?
— Con Quilco, Manuno y Cachapa.
— ¿Tardarás mucho?
— Lo menos dos semanas.
Enmudecieron otra vez, y ambos caminaban como cohibidos.
Decíase de ellos en la hacienda haberse comprometido en proyectos matrimoniales, y eran frecuentes las bromas que en las faenas del campo recibían de sus compañeros; pero, hasta entonces, el mozo no había arrebatado ninguna prenda de la zagala, como signo formal de amoroso pacto, y solo se había limitado a usar con ella de pequeños favores que mostraban su deseo de agradarla, vehemente en él, y que no trataba de ocultar. Ayudábale a recoger por las tardes el ganado del cerro donde tenía por costumbre pastorear la moza, o aumentaba de su cosecha la carga de chango (algas) recogidas en el lago para el consumo de las bestias. Verdad es, y quizás esto fuera lo más significativo, que ambos tenían los mismos sitios predilectos para divertirse en los días de reposo; que en las siembras y cosechas los dos labraban el mismo surco, y que en vísperas de las grandes fiestas, cuando de noche ensayaban los mozos sus danzas al luminoso claror de la Luna llena, ambos se colocaban juntos e iban cogidos de las manos en las ruedas, y las miradas y sonrisas de ella eran solo para él; pero de ahí no habían pasado las cosas. Agiali se mantenía reservado en palabras y ademanes, y no por timidez, ya que con las otras jóvenes de la comarca gastaba idénticas licencias que los demás, sino porque la riqueza de los padres de Wata-Wara y la decidida protección que le dispensaba el viejo Choquehuanka ponían siempre a raya sus sentimientos. Si departía con ella, gastando ademanes parsimoniosos, sus palabras eran medidas, y solo hablaba de lo que ellos hablan de ordinario, es decir, del tiempo, de las labores campestres y de sus bestias. Alguna vez, como los demás, al hacerle una broma, había acompañado sus palabras con un recio empujón o una intentona de pellizco; mas de ahí nunca había pasado su camaradería servicial y comedida.
Así se acostumbró a verlo la joven, y por eso su actitud encogida de esta tarde la llenó de cierta perplejidad. Lo notaba serio, callado, caviloso, y supuso que algo anormal le ocurría. Probablemente no habría cogido mucho pescado en la jornada de la noche precedente ... quizás estaba enferma de cuidado alguna de sus bestias.
— ¿Te apena el viaje? — le dijo por decir algo y ocultar la turbación que a ella también le embargaba.
Agiali rió, mirándola detenidamente en los ojos con infinita codicia.
— ¿Por qué me miras así?
En vez de responder, el mozo aproximóse aún más a ella, y riendo siempre, con risa trémula, alargó con rapidez la mano y le dio un fuerte pellizco en el brazo redondo y de carnes duras ... Wata-Wara comprendió al punto las intenciones del galán, e inclinó la cabeza, confusa y casi aturdida. Jamás él se había permitido esas libertades a solas y era la primera vez ... Retrocedió un paso, con el corazón palpitante de alegría. Él avanzó otro, extendió la mano, y cogiéndola por la punta de su pullo (mantilla), la atrajo hacia sí.
— ¡Déjame! — gimió ella, volviéndole la espalda. Su voz era desfalleciente, infantil, insinuante.
— ¿Y si no quisiera? — suplicó el otro, también con voz queda.
Y, por segunda vez, ahora con calma, la pellizcó en el hombro, reteniendo la carne entre sus dedos.
Tembló Wata-Wara, y un estremecimiento de dolor y voluptuosidad sacudió su cuerpo.
— ¡Déjame! — dijo con voz más apagada aún, trémula de dicha inesperada y osando mirarle brevemente en los ojos, radiantes de la más pura alegría.
Entonces el mozo cogió con sus manos callosas y duras las de su amada, ásperas también pero de piel más fina; le tomó el dedo anular, donde un anillo de cobre había dejado su marca negra en la piel, y, suavemente, le quitó el anillo.
Ella dejó hacer, turbada, sin voluntad ni fuerzas para simular resistencia. ¡Al fin se le había declarado el mozo y le significaba su intención de desposarse con ella! Agiali, riendo siempre, pasó el aro tosco al menor de sus dedos y colocó el suyo entre los de la zagala, cuya redonda carita iluminóse con el fulgor de una sonrisa plácida.
— Le voy a decir a mi madre que vaya a pedirte mi anillo — amenazó ella con melindre.
— Si lo haces — repuso el galán fingiendo creer en la amenaza —, me voy de la hacienda y no vuelvo más.
— ¿Y adónde te irías?
— Donde no me vean más tus ojos ...
— Quédate con él, entonces ...
Se tendieron ambos las manos y se miraron en lo hondo de las pupilas, sonriendo con dicha.
— ¿Me ayudarás a conducir mis ovejas? Ya es de noche y en casa han de estar esperándome.
— Vine a eso.
Y quiso la zagala desprender sus manos de las del galán, mas éste las retuvo con fuerza y siguió mirándola detenidamente y en silencio, pero con aire receloso. Al fin, casi hosco, habló:
— Oye.
— ¿Qué?
— Desde hace tiempo he notado que te mira mucho el administrador de la hacienda.
— Yo también — repuso la otra, indiferente.
— Sé que se ha quejado a tu madre porque no vas a su casa a escarmenar lanas ni servir de mitani (sirvienta).
— Iré la otra semana.
Al oír esto, nublóse el rostro del mancebo. Y dijo con tono imperioso:
— Yo no quiero que vayas. Ese khara (mestizo) es malo y me da miedo ...
— A ti nunca te hizo daño. Una sola vez te pegó.
— Varias, di; pero eso apenas me importa ... Tengo miedo por ti.
— Nunca pega a las jóvenes.
— Pero las seduce.
Se detuvo, indeciso. Y bruscamente, añadió:
— Bueno, si vas de servicio, lleva a tu madre y no te quedes nunca a solas con él.
— Así lo haré.
La noche había caído con rapidez y el rebaño balaba, inquieto y deseoso de volver al aprisco. El mismo Leke, sentado sobre las patas posteriores y los ojos clavados en la dueña, ladraba de rato en rato como para anunciar corrida ya la hora del regreso.
— ¡Wara! ... — llegó hasta los enamorados la voz sonora de un muchacho resonando en las faldas del cerro.
— Me llaman; ¡vámonos! — dijo la pastora. Y al mismo tiempo lanzó un penetrante grito, y, colocando una piedra en su honda, arrojóla sobre el rebaño, el cual, al escuchar el zumbido, púsose en marcha camino del sendero. Avanzaba el grupo en un solo pelotón pardusco, y el polvo que levantaba a su paso parecía espesar aún más la sombra del cielo.
Entonces, la novia, cogida siempre de las manos de Agiali, entonó, quedo primero, luego en voz más alta, uno de esos aires tristes de la estepa que imita el monótono gemir del viento entre los pajonales de la pampa. Le siguió en el canto el mancebo, y las dos voces formaron un dúo lento como una melopea, cuyas notas se diluían al pálido claror de la celistia ... En medio camino se les reunió el zagalillo enviado en busca de la pastora, y a poco llegaron todos a la casa, situada en media vertiente del cerro, sobre una especie de estrecha plataforma. Se componía de cuatro habitaciones, adosadas al cerro, y su corral, entre cuyos muros de piedra bruta crecían locamente las ortigas de flor roja y haces de paja dura, en las que el viento arrancaba lamentables y extrañas concertaciones.
Excerpted from Raza de Bronce by Alcides Arguedas. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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