CHAPTER 1
VIAJE AL VESUBIO
Desde mi llegada a Nápoles, el objeto que más me ha ocupado la imaginación ha sido el Vesubio, este soberbio gigante que se alza aislado y solo en medió de la llanura más hermosa y apacible del mundo, que domina el golfo más risueño del Mediterráneo, que se ve circundado a respetuosa distancia por elevados montes cubiertos de población y de arboleda, y que mira a sus pies, más como tirano que como protector, una de las primeras y más ricas capitales de Europa, considerables y risueñas poblaciones y preciosas quintas, que duermen tranquilas sobre otras famosas ciudades y apacibles jardines que ha devorado el volcán. Así, los niños juegan, travesean, descansan y duermen entre los árboles y flores del cementerio en que yacen sus abuelos, sin recordar siquiera sus nombres y sin pensar que los aguarda el mismo destino.
¡Cuán gallardo se eleva el monte Vesubio, ofreciendo desde lejos al viajero atónito sus atrevidos contornos, que se destacan sobre un apacible cielo y que encierran la figura de un ancho cono casi regular, desde que se separa de la montaña de Somma, a quien está unido por la base y con la que se cree que en tiempos remotísimos formaba un solo cuerpo! ... Lo flértil y risueño de su falda, donde reina una perpetua primavera; la abundante y lozana vegetación de sus empinadas lomas; su elevada cima cubierta de escorias y cenizas, que se bañan por la tarde de un apacibilísimo color de púrpura, y el penacho de humo, ya blanquecino, ya negruzco, ya dorado por los rayos del Sol, que corona su frente, forman un todo tan grande y tan magnífico, que visto una vez no se olvida jamás, porque nada puede borrarlo de la fantasía.
La subida al Vesubio debe hacerse de noche para gozar mejor del efecto del fuego y para admirar desde su elevada cumbre el amanecer, la salida del Sol, y a la luz del nuevo día, el magnificentísimo país que señorea. No quise, pues, dejar pasar la hermosa y apacible Luna de julio sin que alumbrara en la penosa diversión de trepar a las cumbres del volcán, que estaba además encendido y amagando una pequeña erupción.
A las once de la noche del día 31 de julio salimos de mi casa de Nápoles en dos carretelas las siete personas que formábamos la expedición; entre ellas, la joven y linda condesa de Escláfani, con su marido (españoles); el príncipe de Schwarzenberg y el señor Yrizar, magistrado de Filipinas, que acababa de venir de allá por el istmo de Suez. La Luna estaba en todo su esplendor y rodaba por un cielo purísimo. No agitaba la atmósfera el más pequeño ambiente. El mar, tranquilo como una mansa laguna, dormía mudo en las blandas arenas de estas risueñas playas. Rápidamente recorrimos el camino de más de una legua que va hasta Resina, y que es una calle continua de palacios, verjas de jardines y elegantes edificios, que, iluminados por la Luna, parecían la decoración de un teatro. Durante nuestro viaje, no separamos los ojos del coloso, a cuyos hombros íbamos a trepar y cuya espantosa boca íbamos a examinar de cerca. Su oscura masa se dibujaba clara y distintamente sobre el fondo del cielo estrellado, coronando su cima una columna de humo encendido. Parecía el inmenso casco empavonado de un titán, sobre cuya cimera volaba un penacho rojo.
Llegamos a Resina, donde ya teníamos preparados guías, caballos, portantinas, hachas de viento y las provisiones necesarias para tan penosa expedición. Pero encontramos agitada la gente con la noticia de haber ladrones en la montaña. Y era cierto. Dos viajeros españoles habían retrocedido desde la ermita para esperar mi llegada y hacer la subida con más seguridad. Eran éstos el señor don Lino Campos y el señor Basualdo, que vinieron inmediatamente a saludarnos, y nos refirieron que dos viajeros prusianos que, acompañados de un solo guía, subían al cráter, acababan de encontrarse con cuatro facinerosos, que los habían robado y malherido a uno de ellos. No nos arredró este acontecimiento, porque éramos muchos y ya se había puesto en movimiento la gendarmería del territorio para asegurar el monte, donde, preciso es decirlo en honor de la verdad, ocurren muy rara vez casos semejantes.
Dejamos nuestras carretelas, montamos en los caballos acostumbrados al viaje y formamos una caravana de catorce personas, con gran número de guías y el capataz de ellos, hombre muy práctico en aquellos escabrosos lugares. A pesar de que la Luna era clarísima, como teníamos que atravesar los callejones que forman las aceras de las huertas y jardines, luego, por entre espesas arboledas, se encendieron varias hachas de viento, a cuya roja luz presentaba una apariencia verdaderamente fantástica nuestra cabalgada, rodeada de aquellos hombres atléticos y medio desnudos, de rudo aspecto y de robustas formas.
Empezamos a subir lentamente por un camino pedregoso y desigual, y desembarazados de los tapiales y caserías, entramos en los bosques y viñedos que cubren y entapizan aquella falda. Y notamos que el Vesubio, que desde lejos parece tan liso, unido y poco fragoso, tiene quiebras asperísimas, profundos valles y espantosos despeñaderos, semejante a aquellas personas que parecen de lejos y en visita tan apacibles y mansas de condición y que luego en sus casas y tratados de cerca se ve que son unos verdaderos tigres.
A la hora larga de viaje penoso llegamos a la ermita, situada en una loma del monte, como a un tercio de su altura. Llámase ermita a un edificio muy capaz, con salón para viajeros, cocinas, caballerizas, tabernas y otras dependencias, y que aún le cuadraría más bien el nombre de parador, como le estaría mejor el de mesonero al ermitaño, que no tiene de tal sino el hábito. Es un hombre de más de sesenta años, que lleva más de veinte de estar en aquel, no yermo, sino tránsito continuo de extranjeros y nacionales de toda categoría, condición, edad y sexo, y conócesele a la legua que es hombre de mundo y acostumbrado al trato de gentes. Apeámonos todos fatigados y hambrientos, y aunque es contra regla el tomar alimento antes de la subida, porque con el estómago lleno se hace más fatigosa y hasta puede ser nociva, estábamos todos tales, que resolvimos, de común acuerdo, cenar ante todo. Subimos, pues, al salón de la ermita-posada. Allí nos hicimos servir el repuesto, y devoramos un corpulento pâté de foie gras y varias sabrosas frutas, agotando, entre alegre conversación, dos botellas de exquisito vino del Rin y otras dos de deliciosa manzanilla de Sanlúcar. Entre tanto, el ermitaño posadero nos presentó el libro en que suelen escribir sus nombres los viajeros, y no lo hicimos nosotros porque vimos en sus hojas mil necedades, escritas en varios idiomas, y algunos extravagantes dibujos más, de obscena mano que de mano maestra. Nos deteníamos allí más de lo regular, cuando nos puso en movimiento la áspera voz del capataz, diciéndonos que, si queríamos llegar al cráter antes del amanecer, no nos podíamos ya descuidar.
Volvimos a nuestras cabalgaduras, y en ellas aún anduvimos otros tres largos cuartos de hora por tortuosas sendas y estrechos y difíciles desfiladeros, atravesando un terreno asperísimo, y donde a cada paso aparecía más mezquina y raquítica la vegetación. En las gargantas del monte, a nuestra izquierda, veíamos petrificado el espantoso torrente de lava que en la erupción de 1822 puso a Reina muy cerca de correr la misma suerte que Herculano, sobre cuya tumba está fundada. Llegamos a una cresta que domina aquellos lugares, y que se llama el Atrio del Caballo, donde descuella una rústica cruz de madera, límite que marca, a los curiosos que quieren reconocer el volcán en sus erupciones, hasta dónde pueden llegar sin peligro cuando corren las lavas por aquel lado. A poco trecho no quedan ya ni aun señales de vegetación; piérdese y bórrase totalmente el camino, y el terreno es ya tan áspero y tan pendiente, que no pueden dar ni un paso más las caballerías, siendo, por tanto, preciso abandonarlas. Allí empieza lo fatigoso y lo terrible de la ascensión. A la pálida luz de la Luna y a la movible e incierta de las hachas de viento, se ve delante una interminable subida de unos 60 grados de inclinación, y en algunos parajes casi perpendicular, cubierta y erizada de espesas y colosales escorias, de puntiagudos peñascos, de lava petrificada, de materias carbonizadas y de cenizas negruzcas; horror da el verse a los pies de aquel inmenso coloso que parece esconde su frente en la región del fuego y a cuyos hombros se va a subir. Verifícase esto de tres maneras: los muy ágiles y de largo resuello trepan solos y como pueden por aquellas asperezas, donde no hay calzado que resista, dando continuos resbalones y caídas y llegando arriba medio muertos. Los que no se fían tanto de sus fuerzas ni de sus pulmones se hacen preceder por un guía que lleva dos largas correas cruzadas sobre el pecho; se agarran fuertemente de ellas, y caminan como colgados en la mayor ansiedad, faltándoles muchas veces el terreno en que afirmar los pies, y despechados de haber encadenado su albedrío y entregado su suerte a aquel hombre rudo y desconocido que, más ágil y fuerte que ellos, se complace acaso en llevar a sus víctimas por lo más difícil y peligroso. Y, en fin, los que por su desgracia se encuentran débiles o enfermos o con más años a cuestas de lo que quisieran, suben en portantinas. Esta se reduce a una mala silleta de madera blanca, como las del Prado de Madrid y las de las ventas y cocinas de Andalucía, con dos largos varales de castaño, sujetos y atados a un lado y a otro con tomizas. Las cuatro extremidades de estas dos rústicas palancas se apoyan en los hombros de cuatro robustos jayanes; como a santo en andas, llevan al cuitado viajero en la mayor ansiedad, con sus dos pies colgando y en el más inminente peligro. Lo empinado de la cuesta da una inclinación tan grande hacia atrás a la portantina, que es menester tenerse fuertemente asido a ella para no desocuparla, y trabajan los brazos y los puños todo lo que descansan las piernas y los pies. Como el terreno es tan desigual, a veces los portadores de un lado caminan por un sitio mucho más elevado que los del otro, y el desnivel de aquellas rústicas andas es tal, que parece imposible sostenerse en ellas. Muy a menudo, o tropieza uno de los mozos, o se le rueda el terreno, y resbala y cae, y da la portantina de repente tal sacudida, que parece va a precipitarse. Ya los cuatro conductores descienden rápidamente, resbalando quince o veinte pasos; ya se encuentran todos sin apoyo alguno y quedan en un pie buscando el equilibrio, y bamboleando al infeliz viajero sobre aquellos hondos abismos. La subida en portantina es la peor de todas, aunque parezca la más descansada.
Apenas empezamos la nuestra se cubrió el cielo de espesas nubes, robándonos la luz de la Luna, que apareció al través de ellas como un cadáver amortajado, y envolviendo la alta cumbre a donde nos dirigíamos, dieron al fuego un color opaco y más espantoso. Los hachones de viento eran ya los solos que nos alumbraban en tan penoso paso, y el ver su rojizo y ondulante resplandor, que abultaba las sombras de la montaña; los rudos semblantes y los toscos miembros de los guías y la larga hilera que formaba la caravana, trepando aquellos recuestos, y el oír los agudos gritos con que nos llamábamos unos a otros, y las maldiciones y reniegos de los que tropezaban, y los alaridos y palabrazas con que nos animaban y se animaban a sí mismos los hombres de la montaña, y los jayanes de las portantinas, y la hora y el sitio a donde con tanta fatiga nos dirigíamos, formaban un todo satánico y aterrador, que no parecía escena de este mundo.
Al cabo de una larguísima hora, que se nos figuró un siglo, llegamos a la cumbre deshechos en sudor y rendidos. Tomamos aliento y nos pusimos nuestros gabanes y capas, porque el frío de aquella región era muy penetrante y podía sernos muy perjudicial en el estado de cansancio y de transpiración con que nos encontrábamos. Caminamos aún unos doscientos pasos más sobre un terreno poco inclinado, llano y movedizo, todo compuesto de ceniza y piedras pequeñas, y llegamos al borde del cráter.
¿ Quién puede describir el grande, el magnífico, el aterrador espectáculo que se presentó a nuestra vista? Quedamos mudos, inmóviles, extasiados, confundidos ... Todas las fatigas, todos los peligros de la subida se nos olvidaron, y los hubiéramos arrostrado cien veces gustosos por vemos allí, por gozar de aquel indescriptible prodigio.
Es el cráter del Vesubio una conca circular de más de trescientas varas de diámetro y de unas ciento de profundidad, y hace el efecto de una plaza de toros vista desde el tejado, cuando el, su centro se quema de noche un árbol de pólvora. El fondo de esta conca es una costra que cubre el abismo, formada de lavas ya frías y petrificadas, ya encandecentes y de inmensas masas de azufre. Las paredes, de violento y desigual declive, son peñascos inmensos de lava, escorias, cenizas y materias carbonizadas. En medio de esta conca se alza un montecillo cónico de unas setenta varas de altura, con laderas lisas, negras y muy empinadas, y termina con una boca casi circular de unas veinte varas de diámetro, por la que vomitaba sin cesar una columna de humo espeso y un vivísimo resplandor. En lo profundo, y como si dijéramos en las entrañas de la tierra, se oía un ronco hervor, semejante a la respiración de un coloso aherrojado, y de rato en rato, con un intervalo muy corto, después de una detonación horrenda, como la descarga cerrada de un batallón o el estruendo de una pieza de grueso calibre, lanzaba un río de llamas, que se perdían entre el humo de cuarenta o cincuenta varas de altura, iluminando en torno los horizontes, y con ellas millares de piedras de todos tamaños encendidas, que, abriéndose como un plumero y elevándose a grande altura, caían luego como un granizo y con horrible ruido en las laderas del montecillo; rodando por ellas hasta apagarse o perderse en los arroyos de lava que lo circundan, hacían el efecto de las chispas de un fuego de artificio de gigantes.
El cráter del Vesubio estaba la noche que yo lo examiné cual acabo de describir. Pero varía de forma muy a menudo, y en las grandes erupciones desaparece esta conca, y todo su espacio forma la inmensa boca que arroja humo, llamas y peñascos encendidos, y ríos destructores de lava ardiente, que, resonando, se derrumban ya por un lado, ya por otro de la montaña, llevando la desolación y el exterminio a muchas leguas de distancia.
El cansancio nos obligó a echarnos en el suelo de aquella cresta sobre la blanda ceniza. Pero pronto advertimos que estaba abrasando y lanzando un vapor sulfuroso que nos ahogaba. Levantámonos más que de paso, y fuimos a buscar descansadero más fresco. En la mitad de la bajada del cráter lo encontramos en un enorme peñasco, donde tomamos seguro asiento y reparo contra el viento, que era fresco y penetrante en demasía. Algunos de la caravana no se contentaron con esto y bajaron con gran dificultad al fondo de aquella conca a observar de cerca los arroyos de lava, que, como culebras de fuego, serpenteaban en torno del montecillo. Gran riesgo corrió, por cierto, uno de los curiosos, pues debajo de los pies se le quebró la costra de lava y se vio muy a pique de hundirse en el abismo del volcán.
¡A cuántas consideraciones filosóficas, a cuántos recuerdos históricos da ancho campo el examen detenido del Vesubio! ... Es, ciertamente, un enano si se le compara con el Etna y pon otros volcanes de América y Asia, pero ninguno de ellos es tan famoso, o bien porque está más a la mano, y donde se le visita con facilidad, o porque ha ejercido sus rigores contra víctimas más célebres y más conocidas, o, en fin, porque ninguno ofrece mayor interés a las investigaciones de los naturalistas. Sus erupciones han descubierto claramente cómo se forman los terrenos «plutónicos» y han enriquecido la mineralogía con mil especies nuevas y con singulares cristalizaciones, que figuran al lado de las piedras preciosas.
Todo es mudable y perecedero en la cima, en las laderas, en los contornos del Vesubio. Sus convulsiones subterráneas y sus erupciones han variado completamente la configuración del terreno que señorea. Ya ha presentado nuevas bocas, ya no ha dejado ver ninguna. Ya se han alzado colinas en la llanura, ya han desaparecido otras. Ya han retrocedido las playas, dejando nuevas ensenadas y ancones, ya han entrado mar adentro, formando nuevos cabos y promontorios. Así que la configuración del terreno de Nápoles y de su golfo es enteramente distinta de la que le dan las descripciones que de ella hacen los antiguos. Pompeya, por ejemplo, era puerto de mar, y las ruinas de aquella ciudad desventurada yacen hoy cuatro millas distantes de la marina.